A finales del siglo XIX, coincidiendo con la pujanza de la actividad minera en el sureste español, hacen aparición unos cantes que arraigan con especial fuerza
en tierras de Almería, Jaén y Murcia.
Tradicionalmente llamados cantes de Levante, bajo esta denominación aparecen en la pionera Antología del cante flamenco de Hispavox (1958). Atendiendo a una de sus temáticas más habituales —la mina y su contexto—, también son conocidos como cantes mineros o cantes de las minas. Y, a partir del toque con el que se acompañan a la guitarra, se ha propuesto asimismo referirse a ellos como cantes por tarantas.
De características musicales similares entre sí, estos cantes gozan de una época de esplendor en las primeras décadas del siglo XX, cuando ramifican en numerosas variantes. Derivados del fandango, todos presentan una estructura formal común y casi todos responden también a una misma pauta en su devenir melódico. Algunos de ellos se han fijado como patrones y adoptado nombres singulares que ayudan a distinguirlos del resto. Cantes en su mayoría de ritmo libre, tarantas, cartageneras y mineras componen el núcleo principal. Se suman a ellos las murcianas, la levantica y los fandangos mineros. También el taranto, el único que suele interpretarse a compás —compás binario—, particularmente cuando se canta para el baile. Con menor presencia en el repertorio de los artistas, pertenecen asimismo a la nómina los cantes de madrugá, los fandangos atarantados, la sanantonera y el verdial minero.
Coplas y discografía del cante minero-levantino reúne una ingente colección de letras procedentes de la transcripción de más de dos mil registros sonoros en diferentes soportes, acompañados de sus correspondientes referencias. La obra se completa con varios índices que facilitan su seguimiento.
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